TATA

Hoy sería tu cumpleaños. Lo sé, aunque soy muy malo para recordar fechas, porque el 8 de junio cumple mi hermano, el 8 de julio cumplo yo y hoy, 8 de agosto, cumplirías tú.

Me imagino llegar a tu edad y mirar mis manos. Entonces me acordaría de ti, aunque las tuyas eran más gruesas y macizas, inabarcables como tu cintura. El Tata, como le llamaban todos a mi abuelo, no le podías dar la vuelta con los brazos, y la aguja de la balanza, para risa de todos sus nietos a quienes había convocado para ver el espectáculo, chocaba con fuerza contra el final de 120 kilos. Pero no era obeso, era más bien una mole de tremenda espalda con una barriga acorde. Igual de grande tenia el corazón. Tuvo una infancia dura y debió sacar adelante a sus hermanos vendiendo las herramientas de su padre y trabajando desde muy temprana edad. Todo el mundo le quería y no pasaba desapercibido en ningún lado. Hasta en un entierro podía tener a todo el mundo riéndose con alguna broma sobre la situación. Se tomaba todo con humor y podías revolverte en el suelo de la risa con sus bromas que, a veces a fuerza de repetición, inspiraban los chistes que hoy todos conocemos. Cuando no le reconocías al teléfono y le preguntabas el te respondía, y la verdad que tardo en morirse, peleo con varias enfermedades durante varios años antes de irse, y como él lo había pedido, para su funeral se bailaron tangos, se bebieron copas y todo el mundo celebró el pasaje al otro mundo de tan entrañable personaje.

El Tata y su hermana Yolanda nos cuidaron largos periodos durante nuestra infancia, nos inculcaron el hábito de agradecer en la mesa, de leer la biblia y de rezar y orar. El Tata era masón, y guardaba muchos secretos y misterios que de tanto en tanto y a cuenta gotas, desvelaban un mundo místico y espiritual. Había pasado varios años de retiro y tenía una particular manera de interpretar el evangelio. Tanto así que si algún cura tenía que viajar o no podía atender a todos los grupos de catequesis lo dejaba a cargo de dar las enseñanzas, con lo que él se quedaba a sus anchas dando sus versiones y los puntos de vista particulares que, muchas veces le costaban la censura y el retiro de las clases. Aunque con todo esto quedaban anécdotas que hasta los mismos curas reían a carcajadas. Ese mismo sentido del humor impera en toda la familia.

No puedo evitar sentir cierta pena de no haberte despedido, aunque sí en mi corazón desde la distancia te di un abrazo. Te imagino llegando al cielo, distrayendo a San Pedro para que abra la puerta. Los ángeles riendo de tus bromas y Dios con una gran sonrisa agradeciendo que quites solemnidad y aportes humanidad.

Gracias Tatita…

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