#3 Donna

Antes de seguir con el resto de la biografía me gustaría volver atrás y contar la historia de Donna.


Donna era un Pastor Alemán que vivía con nosotros en City Bell, La plata. No recuerdo cómo llego a la familia, yo sería muy pequeño.


El primer recuerdo que guardo de mi infancia, o por lo menos que puedo situar, es el nacimiento de mi hermano Benjamín, el 8 de junio del 84. Yo tenía dos años. Supongo que mi madre viajaría desde España ya estando en estado. Después recuerdo que Benja se agarraba a Donna para caminar y la perra, paciente, le ayudaba a dar sus primeros pasos.


Donna está presente en todos los recuerdos de mi infancia en La Plata. Era tranquila, como todos los Pastor Alemán y tenía un gran sentido maternal.


Para ese entonces el recuerdo de mi papá se vuelve difuso. No tengo muchos momentos con él en la memoria. Sabíamos que se había ido a Chile, pero probablemente se me confundan los tiempos. Había una muralla alta que separaba nuestra casa de la del vecino, aunque supimos que había un vecino más tarde, cuando nos animamos a trepar y ver hacia el otro lado. Hasta aquél día, mi hermana Violeta nos había dicho que detrás de ese muro estaba Chile. Nos pasábamos horas dejándonos la garganta llamando a papá. —¡¡¡Paaaaaapiiiiiiii!!! ¡¡¡Paaapiiiii!!! —gritábamos los tres con pausas para tomar aire y seguir. Le extrañábamos, pero nadie nos explicaba ni nos contaba nada al respecto, como si el silencio fuese menos doloroso que la incertidumbre. Un día, de repente, aparecía. Nos regalaba unos cochecitos y a la mañana siguiente ya no estaba. Desaparecía sin despedirse.


Pero Donna no, Donna siempre estaba. En ese muro Violeta me enseño a jugar al ajedrez y nos divertíamos mucho sentados frente a frente, con las piernas cayendo a cada lado y el tablero haciendo equilibrio. Un día, la pobre, se calló en el patio del vecino. No había mucha altura, pero las gallinas que al parecer detectaron el miedo de Violeta, se le tiraron encima (o así lo percibió ella) que corrió y apareció en casa desesperada contándonos su aventura y que las gallinas se la habían querido comer.


Un día Donna enfermó. La llevamos al veterinario y decidieron dejarla internada. Se la llevaron a Buenos Aires, a la Universidad de Veterinaria para hacerle las pruebas. Fué todo el viaje en el maletero. Estaba convaleciente. Se tuvo que quedar internada y mis padres volvieron sin la perra.


Pasaron unos días y mi mamá fue a buscarla o a ver cómo estaba. Volvió con la noticia de que Donna se había perdido.


La lloramos a raudales. Nos faltaba un integrante de la familia.

Pasaron dos meses. Niños que éramos, ya la íbamos olvidando.


Una noche hubo una tormenta inmensa. En La Plata cuando llueve caen rayos y diluvia torrenciales. Todo se pone negro, como si se hiciese de noche y el agua cae a cantaros.
Estábamos todos dentro de casa cuando escuchamos que rascaban la puerta. Gemidos, arañazos. Nos quedamos todos asustados. Mi madre abrió la puerta y ahí estaba Donna. Después de dos meses, sin saber el camino había regresado.


Sabe Dios por cuántos lugares habría pasado. Atravesó núcleos urbanos inmensos. Recorrió, si hubiera ido en linea recta, más de cien kilómetros. Un milagro. Pero ahí estaba.
Ojalá la historia tuviese un final feliz, pero cuando nos fuimos a Chile en el 89, mis padres dejaron a Donna al cuidado del vecino. La pobre dejo de comer y a las dos semanas había fallecido de tristeza. Nos echaría de menos.


Por siempre Donna está ahí en el cielo. Nos mira, nos ve crecer, nos ve llorar, reír, triunfar y fracasar. Y ella sigue ahí cuidándonos a su manera.

A la memoria de Donna.

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