#2 El regreso de España a Argentina y la partida a Chile

Mis padres vivieron algunos años en España, donde nací. A los dos año de edad, en el año ochenta y cuatro, regresaron a América, su continente de origen aprovechando la vuelta de la democracia. Al llegar desde España a la Argentina vivimos en la ciudad de La Plata, en la provincia de Buenos Aires. Corría por ese entonces un aire de libertad y el mundo se abría en oportunidades. Terminaban unos años oscuros, en los que la dictadura militar que llevaba desde los años setenta gobernando con terror, caía con el fin de su aventura militar contra Inglaterra en las Malvinas. Dejaba tras de sí un genocidio indescriptible, tanto por los jóvenes sin recursos que había enviado a la guerra como por las decenas de miles de personas desaparecidas, empleando métodos de tortura y una represión estatal sin precedentes. Mis padres, que seguramente cumplían con el perfil de “zurdos” o “hippies” por ser artesanos y estudiantes, juntaron dinero vendiendo poemas en la calle y en los autobuses. Mi papá hacía también artesanías de cuero, como bolsos, carteras y sandalias. Como pudieron reunieron para los pasajes y partieron a Europa, pasando unos años por Alemania y luego estableciéndose en España. Fueron de los primeros artesanos de la feria de Ibiza.

Por ese entonces, ya en el 84, España ofreció a los exiliados e inmigrantes sudamericanos, que habían escapado de los diferentes golpes de estado en sus países (Chile tenía a Pinochet y gran parte de Sudamerica estaba bajo gobiernos militares amparados en EE UU y su guerra fría) la oportunidad de regresar costeándoles los pasajes o dándoles la posibilidad de quedarse en España otorgándoles la nacionalidad. Fue entonces que decidieron regresar a Argentina (cosa de la que mi madre siempre renegaría porque guardaba de España un recuerdo idílico).

En argentina tuve una infancia normal, aunque el tipo de educación que recibí era un poquito especial para esa época. Seguía un modelo experimental basado en un estilo de educación diferente, libre, donde no había evaluación con notas. Tampoco había sillas ni mesas y el edificio no tenía ángulos rectos. Se ponía mucho hincapié en el desarrollo artístico, y es probable que el breve tiempo que estuve ahí marcara profundamente mi personalidad. Nos toco, al igual que en ese entonces que con mis hermanos fuimos la primera generación del “Pedagógico”, en varias ocaciones ser los pioneros en colegios de educaciones libres. Mi madre nunca creyó en el sistema educativo estándar.

En el año ochenta y nueve, a los siete años de edad, mi padre con su nuevo oficio de apicultor consiguió un trabajo en Cáritas para incentivar y enseñar la apicultura a las comunidades aisladas de Chile, y nos fuimos a vivir ahí, dejando atrás la cómoda vida de ciudad y la estabilidad para siempre. En Chile los instalamos en una apartada casita de madera, en una zona desértica a unas horas de Santiago. Nos sorprendió que en la casa los suelos eran de tierra, bueno, para ser más precisos, no había suelo. El piso de la casa era la misma tierra. Nos hacia gracia que hubiera una escoba y una pala. Servían más para aplanar la superficie que para barrer. Los vecinos más cercanos estaban a más de un kilometro y eran gente muy humilde. Nos encantaba ir a verles porque horneaban un exquisito pan, cosa que para nosotros, sin horno ni supermercado, nos parecía un manjar. Ir a la ciudad era toda una aventura. Teníamos que cruzar por un puente colgante sobre un profundo acantilado y luego caminar varias horas hasta el autobús. No teníamos coche y se nos hacia de noche en el camino de vuelta a casa. En la zona no había iluminación ni casas que alumbraran el camino, recuerdo la profundidad de la oscuridad y las caminatas a tientas por caminos interminables, el cigarro de mi papá alumbrando como un faro y las piernas doloridas por la tierra y las piedras. En nuestra casa no había agua potable ni luz. El agua la sacábamos de un arrollo que pasaba cerca y la actividad se terminaba cuando se iba el sol. Pasábamos con mis hermanos la desnudos la mayor parte del tiempo, éramos niños felices viviendo como salvajes.

Puente colgante de El Cajon del Maipo que cruzábamos para ir a Santiago

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